En diciembre del 2014 se anunciaba con bombo y platillo los alcances de la central hidroeléctrica Chicoasén II, que despertó no solo la ilusión y la esperanza de muchos para cambiar el rumbo económico de la región donde será edificada, sino también, la ambición de diversos grupos que han visto en este proyecto, un botín millonario, que se ha convertido en la manzana de la discordia por quienes eternamente se empeñan en vivir bajo el encono y el enfrentamiento.
Desde entonces, la presa Chicoasén ha registrado una serie de tropiezos por las mil y una piedritas que estos grupos antagónicos se han empeñado en poner con tal de arrebatarse todas las rebanadas del pastel.
Se supone que esta hidroeléctrica llenara un gran vacío que existe ante la alta demanda de energía eléctrica en la región sureste del país, que se edifica bajo la modalidad de obra pública financiada con una inversión estimada de 406 millones de dólares y en los cálculos románticos, se prevé que comience a operar en junio del 2018.
Solo falta que verdaderamente saquen las manos todos los personajes que han sido señalados por pretender quedarse no solo con todo el pastel sino por obstaculizar la obra para presionar tanto a la Comisión Federal de Electricidad como a las diferentes instancias de gobierno para que las campanas doblen a su favor.
Por lo pronto ya se comprometió la dirigente de la CTM, María de Jesús Olvera Mejía de llevar la fiesta en paz, falta que hagan lo mismo Saúl Martínez, el alcalde de Chicoasén, los líderes de los camioneros de volteos y hasta el tristemente “machetes”.
De otra forma, aunque se vayan a bailar a Chalma, las cosas no van a cambiar, lo importante es que la autoridad tiene ya los nombres y apellidos de quienes amenazan con complicar las cosas, pero para eso está el estado de derecho y la aplicación de la ley…