Hoy conmemoramos el día de muertos.
Los panteones lucen limpios y rodeados de vendimias.
Las tumbas repletas de flores de todas las clases, sin faltar el cempasúchil y las veladoras encendidas.
En los hogares los altares con el retrato de sus seres queridos que se han adelantado en el camino, adornados con tamales, dulces, cacahuates y otros antojitos.
Estas celebraciones de origen prehispánico datan de tres mil años a la fecha ya que fue practicada por las etnias mexica, maya, purépecha y totonaca.
El día de muertos del 2 de noviembre, coincide con la fe católica relativa al día de los fieles difuntos y de todos los santos, por eso el papa Gregorio IV decretó estas fiestas, en el año 840, para que se celebren universalmente.
Y vaya que ha cobrado importancia en casi todo el mundo. En parís, en el año 2003, la UNESCO distinguió a la festividad como “obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad”.
Por otro lado, hablar de halloween o noche de brujas, es hablar de una tradición de origen irlandés y que tiene presencia en Estados Unidos, Canadá, Irlanda, Reino Unido, España, Australia y Nueva Zelanda. Las actividades típicas son fiestas de disfraces, visita de casas encantadas, lectura de historias de miedo y la exhibición de películas de terror.
Sin embargo, es importante destacar que como mexicanos debemos conservar lo nuestro y no contagiarnos tan fácilmente de las costumbres del exterior.
Y eso quedó demostrado anoche, como ocurre todos los años, cuando caravanas de niños de diferentes edades pudimos observarlos con su algarabía contagiosa, desfilar por las calles pidiendo en cada casa la exquisita “calabacita en dulce…” y contestando a una sola voz:
“¡que viva la tía…!”
Y cuando no hubo respuesta o ni siquiera les abrieron la puerta:
“¡que muera la tía, con la panza fría…!”