Alberto Carbot
Hay una escena que se ha vuelto común en las escuelas y que cualquier maestro podría reconocer. Mientras explica una ecuación, comenta un episodio de nuestra historia o intenta despertar en sus alumnos el interés por un libro, frente a él hay teléfonos celulares capaces de interrumpir en cualquier momento la atención de los muchachos. Basta un mensaje, la llegada de una fotografía, un video o la invitación a continuar un juego para que una explicación preparada durante horas tenga que competir con una pequeña pantalla.
A partir del próximo 3 de noviembre esa situación tendrá nuevas reglas en México. El acuerdo alcanzado por la Secretaría de Educación Pública con las autoridades educativas de las 32 entidades fue publicado hoy, 22 de septiembre, en el Diario Oficial de la Federación. En primarias y secundarias los alumnos podrán llevar sus teléfonos, pero deberán mantenerlos guardados durante la jornada escolar, incluido el recreo, salvo las excepciones que se establezcan por alguna emergencia o necesidad particular.
La decisión estuvo precedida por una consulta de la SEP en la que participaron 565 mil 396 docentes. El 81 por ciento consideró necesario establecer lineamientos nacionales para garantizar el uso seguro de los dispositivos digitales. Las respuestas de los maestros permiten entender mejor lo que sucede dentro de las aulas. Una proporción importante señaló problemas para mantener la atención de los alumnos, interrupciones durante las actividades escolares y una disminución de la convivencia entre compañeros.
La discusión mexicana tampoco es excepcional. En marzo de este año, la UNESCO reportaba que 114 sistemas educativos, equivalentes al 58 por ciento de los países considerados en su seguimiento, contaban ya con alguna regulación nacional sobre el empleo de teléfonos celulares en las escuelas. Francia, Italia, Nueva Zelanda y los Países Bajos figuran entre las naciones que en los últimos años han establecido diversas restricciones. Lo interesante es que países con sistemas educativos, culturas y gobiernos muy distintos hayan terminado planteándose prácticamente la misma pregunta.
No creo que esto deba interpretarse como una guerra contra la tecnología. Sería absurdo intentarla y además estaría condenada al fracaso. Una computadora, una tableta y el propio teléfono celular pueden ser magníficas herramientas educativas cuando se utilizan para investigar, consultar una biblioteca, buscar un mapa, aprender un idioma o resolver un problema. La dificultad aparece cuando el instrumento que debería ayudar al estudiante termina reclamando su atención durante buena parte del día.
Hay además una competencia profundamente desigual que los maestros conocen muy bien. De un profesor esperamos que mantenga durante cuarenta o cincuenta minutos el interés de veinte, treinta o cuarenta alumnos, mientras el teléfono ofrece mensajes, videos, juegos y redes sociales concebidos para conseguir precisamente que el usuario permanezca pendiente de la pantalla. No parece razonable exigir al maestro que, además de enseñar, tenga que disputar permanentemente la atención de sus alumnos con ese universo.
Recientemente el periodista Alberto de Filippis presentó en su espacio Mundo Beto una investigación sobre los riesgos que enfrentan menores dentro de “Roblox” y sobre los mecanismos utilizados por adultos que pueden hacerse pasar por niños para establecer contacto con ellos. Algunas de las cifras difundidas en ese informe requieren ser tomadas con cautela, pero el problema que aborda está documentado y las propias autoridades mexicanas han advertido desde hace años sobre el empleo de videojuegos, redes sociales y servicios de mensajería para aproximarse a menores e intentar llevar posteriormente esas conversaciones a otros espacios digitales.
El asunto tiene relación con lo que ocurre en la escuela porque amplía una discusión que con demasiada frecuencia reducimos a la distracción. El teléfono no solamente puede interrumpir una clase. También permite que un niño mantenga conversaciones que sus padres y sus maestros desconocen. Durante generaciones hemos enseñado a los menores que no deben proporcionar información personal a un extraño, aceptar regalos de alguien que no conocen o acompañarlo sin autorización de sus padres. Esas mismas precauciones tienen que trasladarse ahora al mundo digital, donde el desconocido puede presentarse con el nombre, la edad y hasta la apariencia que quiera.
También me parece acertado que la regulación mexicana incluya la restricción del uso de celulares y tabletas en el recreo. Quienes hemos pasado alguna vez por un salón de clases sabemos que la educación no ocurre exclusivamente frente al pizarrón. Durante el recreo los niños conversan, juegan, discuten, hacen amigos, resuelven diferencias y aprenden formas elementales de convivencia. Incluso el aburrimiento ocasional puede obligarlos a inventar algo que hacer, y ésa es una experiencia que las pantallas han ido haciendo cada vez menos frecuente.
La consulta realizada por la SEP ofrece un dato particularmente interesante al respecto. El 38.7 por ciento de los maestros dijo haber observado que conflictos originados en las redes sociales terminan trasladándose después al salón de clases y a la escuela. El problema digital y el escolar, por lo tanto, no transcurren necesariamente por caminos separados. Lo que sucede durante la tarde o la noche frente a una pantalla puede reaparecer a la mañana siguiente entre dos alumnos sentados en el mismo salón.
Limitar los teléfonos durante la jornada escolar tampoco resolverá todos esos problemas. Sería ingenuo pensarlo. Cuando los muchachos regresen a casa —ya sea por desinterés o con el permiso de sus padres—, seguirán teniendo acceso a redes sociales, videos, videojuegos y servicios de mensajería. La escuela puede establecer reglas durante algunas horas, pero la educación sobre el uso de esos dispositivos necesariamente tendrá que continuar en la familia. La responsabilidad no puede depositarse únicamente sobre los maestros.
La tecnología forma parte de nuestra vida y seguirá formando parte de ella. Nuestros hijos y nuestros nietos vivirán en un mundo todavía más digital que el nuestro, de manera que enseñarles a utilizar esos instrumentos será tan importante como enseñarles a leer, escribir o buscar información confiable. Precisamente por eso necesitan aprender también que existe un momento para utilizarlos y otro para guardarlos.
Me parece que ése es el verdadero sentido de la medida que comenzará a aplicarse el 3 de noviembre. No pretende sacar a los niños del siglo XXI, sino devolver a la escuela durante algunas horas aquello para lo que fue creada, es decir, un espacio donde el maestro pueda enseñar y el alumno tenga las condiciones necesarias para escuchar, preguntar, leer, conversar y sobre todo, para aprender.