En un estado donde una parte importante de la población padece algún grado de inseguridad alimentaria y rezago social, toneladas de alimentos aptos para el consumo humano terminan diariamente en la basura. El desperdicio alimentario en Chiapas se ha consolidado silenciosamente como una crisis paralela: un problema ético, económico y ambiental que contrasta de forma drástica con la realidad de vulnerabilidad que viven cientos de comunidades urbanas y rurales.
Gilbert Gutiérrez, investigador de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, confirmó que, si bien el fenómeno ocurre a escala global, en el contexto chiapaneco adquiere tintes críticos debido a la cadena de desigualdad, la falta de infraestructura eficiente para la distribución de perecederos y los hábitos de consumo en los grandes centros urbanos del estado como Tuxtla Gutiérrez, Tapachula y San Cristóbal de Las Casas.
La contradicción es evidente en las centrales de abasto, mercados públicos y supermercados. Grandes volúmenes de frutas, verduras, carnes y granos son desechados cotidianamente porque no cumplen con estándares estéticos como tamaño, forma o apariencia, debido a una deficiente planeación en la compra y almacenamiento.
Cifras históricas de organismos nacionales e internacionales sitúan al sureste del país con Chiapas entre los estados más afectados con porcentajes alarmantes de hogares que experimentan dificultades para surtir su canasta básica o que reducen las porciones de sus comidas diarias por falta de recursos económicos. El desperdicio de un solo sector comercial o doméstico representa, en teoría, los nutrientes que podrían mitigar el hambre de decenas de familias en zonas de alta marginación en territorio chiapaneco.
Notinúcleo / Juan Jesús Toledo