Alberto Carbot
El pasado jueves primero de octubre, dos hermanos de 18 años regresaron a la secundaria donde habían estudiado, en el ejido La Unión, en Torreón, Coahuila. Llevaban machetes, otras armas blancas y cohetones. Entraron durante el cambio de clases y entonces comenzaron el ataque.
Como resultado, la subdirectora Nery Edith Nevárez González, de 56 años murió y cuatro personas más resultaron heridas. Los dos jóvenes fueron detenidos y quedaron vinculados a proceso por homicidio calificado y tentativa de homicidio.
Detrás del crimen apareció un elemento inquietante, porque la Fiscalía de Coahuila encontró indicios de la admiración que los agresores sentían por autores de ataques cometidos en escuelas de otros países e investiga por ello su posible relación con comunidades digitales donde esos criminales son venerados como grandes figuras.
En esa investigación aparece también el término INCEL, formado a partir de la expresión inglesa involuntary celibate, célibe involuntario. Algunos grupos que se identifican con esa denominación han convertido el rechazo sentimental, la frustración sexual y el aislamiento, en misoginia, resentimiento y —en sus expresiones más radicales—, hasta admiración por los asesinos.
Hasta hoy el vínculo concreto de los hermanos de Torreón con esas comunidades continúa bajo investigación, pero lo confirmado hasta ahora es su interés por autores de matanzas y su intención de incorporarse a grupos digitales que glorifican esa violencia.
México había recibido seis meses antes una advertencia mucho más clara y ya habíamos hablado de este caso en una colaboración anterior. El 24 de marzo, un alumno de 15 años llegó a la preparatoria Antón Makárenko, en Lázaro Cárdenas, Michoacán. Ahí ocultó un fusil AR-15 dentro de un estuche de guitarra y con él asesinó a las maestras, Tatiana Madrigal Bedolla y Mariana del Rosario Sagrero.
En aquel caso, el fiscal de Michoacán, Carlos Torres Piña, confirmó que el adolescente simpatizaba con grupos INCEL. Antes del crimen él había difundido imágenes con el arma que después utilizó en los asesinatos.
Ahí comienza el problema que rebasa los expedientes policiacos. Muchos jóvenes pasan horas dentro de comunidades digitales que sus padres y maestros conocen apenas superficialmente. En esos espacios pueden encontrar explicaciones simples para frustraciones complejas, a los supuestos enemigos a quienes culpar de esas calamidades y a personajes violentos convertidos luego en modelos a seguir.
El resentimiento alimentado durante meses puede crecer dentro de una habitación y frente a un teléfono, hasta terminar en una escuela. Las ideas que circulan por una pantalla adquieren entonces consecuencias físicas, cuando alguien decide llevarlas a la calle.
Los maestros quedan colocados en una situación que hace algunos años habría parecido excepcional. Fueron preparados para enseñar español, física, matemáticas, historia o biología, pero ahora también pueden encontrarse frente a jóvenes que en Internet estudian ataques anteriores, admiran a sus autores, publican amenazas y preparan una venganza.
Torreón agrega un elemento todavía más preocupante, porque los agresores eran exalumnos que regresaron al plantel que conocían y contra el cual guardaban resentimiento, de acuerdo con las investigaciones.
Hemos hablado de que revisar mochilas y colocar vigilancia en las entradas atiende una parte del riesgo, pero la prevención comienza mucho antes, cuando aparecen fotografías de armas, amenazas directas, mensajes de venganza y fascinación por quienes han cometido masacres.
Varias de esas señales han quedado expuestas en internet antes de los ataques. Ahí mismo estaban las imágenes, los mensajes y la admiración por otros asesinos. El desafío consiste en detectarlas a tiempo y determinar cuándo una amenaza comienza a convertirse en la preparación de un crimen.
Después de lo ocurrido en Torreón, el gobierno federal anunció acciones frente a contenidos digitales que fomentan el odio y la violencia.
Las familias necesitan saber qué consumen sus hijos en internet y las escuelas requieren de protocolos eficaces para recibir y atender una alerta temprana. También las autoridades necesitan personal capaz de evaluar una amenaza y actuar cuando todavía existe tiempo para impedir una tragedia.
Sin embargo, existe además un problema que suele pasar inadvertido. Los adolescentes pueden manejar con enorme facilidad las herramientas digitales y, al mismo tiempo, carecer de recursos emocionales para procesar el rechazo, la frustración o la ira. Cuando encuentran comunidades dispuestas a confirmar sus agravios y alimentar sus rencores, el aislamiento puede transformarse en una cámara de repetición donde cada mensaje refuerza al anterior. Allí una fantasía violenta puede adquirir legitimidad entre desconocidos que se festejan mutuamente sus excesos y sus planes.
Por eso la vigilancia debe ir acompañada de atención psicológica, comunicación familiar y capacidad para escuchar. Indiscutiblemente, una amenaza publicada en una red merece ser investigada antes de que alguien decida cumplirla.
Y mientras las autoridades diseñan protocolos y anuncian medidas, los maestros continúan frente a sus alumnos todos los días. La profesora Nery Edith Nevárez murió en una secundaria de Torreón. Tatiana Madrigal y Mariana del Rosario Sagrero fueron asesinadas en una preparatoria de Michoacán. Sus muertes muestran hasta dónde puede llegar una violencia que se alimentó mucho antes de cruzar la puerta de una escuela.
Las amenazas, las fotografías con armas, la admiración por asesinos y los mensajes de venganza suelen aparecer antes del ataque. Cuando esas señales se acumulan, tratarlas como simples excesos de internet puede tener consecuencias irreparables.
Esperar a que un joven llegue armado al plantel significa que todos los mecanismos anteriores fallaron. Después vienen los peritajes, las investigaciones, los discursos y los funerales.
Por eso hay que entender y dejar bien claro que la prevención sólo es útil mientras todavía hay vidas que salvar, porque si llega después, ya perdió toda utilidad práctica. No sirve para nada.