En este Día de las Madres, honramos no solo a quienes dan a luz, sino a las manos sabias que han recibido la vida en los rincones más profundos del estado. Oralia del Rosario Villatoro Hernández es una de ellas. Con 76 años de edad y 56 de oficio, Oralia no necesitó de aulas para entender el misterio del nacimiento. Para ella, su profesión es un mandato divino.
“No aprendí, Dios me dio mi don.”
Doña Oralia comenzó a los 20 años, en una época donde las clínicas eran un lujo inexistente y las casas se convertían en salas de parto improvisadas. Con paciencia y observación, aprendió a “tantear la hora”, respetando el ritmo de la naturaleza sin forzar el cuerpo de la mujer.
“Cuando empezaban malitas, tanteaba yo mi hora para no estarles haciendo de que hicieran fuerza antes de tiempo.”
A diferencia de la obstetricia moderna, su técnica se basaba en el movimiento y el calor. Baños de manzanilla y romero eran sus herramientas para preparar el cuerpo. Sin embargo, su labor no estuvo exenta de retos. En más de cinco décadas, enfrentó complicaciones críticas, como placentas adheridas, que resolvía con la destreza de sus dedos y, cuando era necesario, con la humildad de pedir ayuda médica.
“Cuando se me pegaba la placenta yo ponía yo mis dos dedos e iba yo despegando, despegando a poco a poco la placenta.”*
El orgullo más grande de esta partera es su historial impecable. En un contexto de carencias, donde el tétanos era una amenaza real, ella presume una estadística que cualquier hospital envidiaría: jamás perdió a un niño ni a una madre durante el parto.
“Pero como nunca, desde que yo soy partera, jamás se me murió una criatura naciendo. Contra más una madre.”
Hoy, la partería tradicional se enfrenta a la modernidad y a la desconfianza, pero Doña Oralia sigue siendo un puente entre ambos mundos. Aunque la diabetes y la presión han mermado su paso, sigue colaborando con clínicas y doctores, siendo la voz que tranquiliza a las madres primerizas y la guía para las nuevas generaciones de enfermeras.
“Bendito mi padre, que todos viven, y ya todos ya, como te digo, nieto, bisnieto y tataranieto.”
Para Oralia, cada niño que ayudó a nacer es un eslabón en una cadena infinita de vida. En este 10 de mayo, celebramos a las madres y a las parteras que, como ella, han dedicado su existencia a que el milagro del nacimiento nunca se detenga.
Reportó para Notinucleo Daniela Grajales