La celebración de la Navidad es, antes que una fiesta, una referencia de lo humano frente lo inescrutable de la divinidad, la cualidad de lo inexplicable que asumimos como un misterio de gozo al cual, en su apropiación terrenal, solemos materializar en representaciones objetuales como un marco de vivencia lúdica, onírica a veces, donde nuestra imaginación construye una apropiación que con frecuencia recurre a lo inmediato como el mecanismo de reconocer las realidades de la imaginación que se traducen en símbolos. En este proceso, construimos tradiciones que, en la medida de su cualidad objetual crea universos estéticos.
Ideamos y vivimos la belleza como una permanente aspiración independientemente de su ámbito. Cuando esto se enmarca en la tradición, el resultado de la aspiración es una estética sin autoría o sujeción a un movimiento creativo, una estética de lo popular; lo que resulta innegable en este caso, el de la simbología de la tradición, es que el proceso exige la suma de participaciones creativas, sensibilidades comunitarias y múltiples perspectivas de la belleza.
Como una fuerte raíz (una ancla poderosa de origen e identidad) la celebración de la Navidad permea desde hace varios siglos en la mentalidad de las sociedades de tradición cristiana, y su icono más sobresaliente en los pueblos latinos es el Belén. La historia del nacimiento de Jesús en su expansión más allá de los textos sagrados, resulta en el pretexto preferido para enriquecer los imaginarios de cada comunidad en múltiples interpretaciones que, sin embargo, siempre están determinadas por la constante de incorporar la vida cotidiana como un escenario del misterio y del gozo de la fe. El Belén nos une independientemente de la autoría de la idea o de los objetos; el Belén congrega voluntades, desgasta las horas de preparación en nebulosas fraternas. A su conclusión de montaje y exposición abierta, el Belén recibe todas las miradas, traduce rutas de percepción en asombros que se renuevan cada año, en cada visita, en toda reflexión de su belleza inherente.
En su única realización previa denominada en origen “El Belén de la seda”, en el resguardo del antiguo convento de Santo Domingo en Chiapa de Corzo, Javier Orozco Palavicini se sumó a la también tradición de algunos artistas visuales de reinterpretar la estética de la costumbre, la belleza de los entornos comunitarios. Siete años después, la propuesta es recibida ahora por el Museo Regional de Chiapas en Tuxtla Gutiérrez, enriquecida para esta ocasión con un incremento de las escenas y los personajes. Para el caso, la tradición va más allá de lo creativo en cuanto a producción de objetos. El Portal de Belén reunió voluntades y procesos creativos pues, en su actual producción y montaje participaron Jaime Martínez, Manuel Mazariegos, Ernesto Falconi, Ismael Velázquez, Ramón Iván González, Juan Carlos Díaz, Francisco Sánchez y José F. Jiménez, integrantes de la licenciatura en Artes Visuales de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas; y el equipo de trabajo del Museo Regional de Chiapas, sumando así sensibilidades, esfuerzos y voluntades que serán percibidas por los visitantes a esta muestra.
Inauguración miércoles 16 de diciembre, 18:00 horas.
Participación del Coro Fraternidad, director Arq. Sergio Farrera Gutiérrez.
Sala de exposiciones temporales del Museo Regional de Chiapas.