“Nadie puede imaginar lo que estoy pasando”: en una sala de cuidados intensivos, Najiba, de 24 años, vigila sin descanso a su bebé Artiya, uno de los cerca de cuatro millones de niños en riesgo de morir de desnutrición este año en Afganistán.
La joven de grandes ojos negros, que prefiere no revelar su apellido, llegó hace varias semanas a la unidad pediátrica del hospital regional de Herat, una gran ciudad del oeste afgano. Ella y su esposo habían perdido casi toda esperanza.
Los cuidadores de Médicos Sin Fronteras (MSF), que apoyan ese centro hospitalario público, la acogieron de urgencia, junto con Artiya, en su centro nutricional terapéutico.
En las paredes, dibujos coloridos de globos y flores intentan devolver un poco de alegría a las decenas de niños que yacen en las camillas.
Las madres, que se enfrentan a la indescriptible prueba de no poder alimentar suficientemente a sus hijos, reciben apoyo sicológico.
“En 2025, ya habíamos registrado el mayor aumento de la desnutrición infantil” en Afganistán desde principios del siglo XXI, indica a la Afp el director del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en ese país, John Aylieff.
El aumento continuará en 2026, añade, cuando “casi cuatro millones de niños necesitarán tratamiento por desnutrición, ¡es abrumador!”. “Estos niños morirán si no reciben tratamiento”.
“Ya no tenía suficiente leche”
En 2021, las últimas fuerzas armadas estadunidenses abandonaron el país de forma precipitada bajo la presión de los talibanes, que derrocaron al gobierno apoyado por Occidente.
Desde el regreso del régimen talibán, las familias modestas se han visto afectadas por la disminución de la ayuda internacional, la sequía y las consecuencias del regreso de cinco millones de afganos expulsados de Irán y Pakistán.
Muchas mujeres han “sacrificado su salud y su nutrición” para salvar a sus hijos, señala Aylieff.
Najiba es uno de esos casos. Cuando nació Artiya, “hasta los tres meses de edad, ganaba peso y dormía bien”, cuenta. Pero tras sufrir una neumonía, el estado del bebé se deteriora.
Ella y su esposo, que tiene una modesta tienda de material eléctrico en Herat, van de hospital en hospital, gastando el poco dinero que tienen. Así se enteraron de que Artiya padece una malformación cardíaca.
“No pude descansar ni comer bien y ya no tenía suficiente leche materna para alimentar a mi hijo”, lamenta Najiba.
“Recibimos pacientes en estado desesperado”, señala Wranga Niamaty, enfermera coordinadora de MSF en Herat. “Pero estoy orgullosa porque conseguimos salvar vidas”, añade la joven afgana de 25 años.
Algunas familias que vienen de otras provincias que carecen de estructuras sanitarias llegan a veces demasiado tarde, después de haber recorrido cientos de kilómetros hasta este hospital, su última esperanza.