Los temores profundos, la angustia persistente y las preocupaciones difíciles de controlar han dejado de ser episodios pasajeros en la infancia para convertirse en una crisis silenciosa que actualmente afecta al 11% de los niños y adolescentes entre los 3 y 17 años, de acuerdo con datos sanitarios recientes.
Entre los signos de alerta más frecuentes que identifican padres y maestros destacan las quejas somáticas sin causa médica aparente, tales como dolores frecuentes de cabeza, malestares estomacales, alteraciones graves en los patrones de sueño y una resistencia extrema a participar en actividades cotidianas o académicas.
Fernanda Escobar, psicóloga y especialista en salud mental infantil, señala que, si bien el miedo forma parte del desarrollo evolutivo natural como recelos ante extraños en la etapa lactante, temores nocturnos en la niñez temprana o presión social en la adolescencia, la línea entre lo convencional y el trastorno se cruza cuando la inquietud se vuelve desproporcionada, constante e incapacitante.
Los informes estadísticos más recientes detallan una ligera variación por género, con una incidencia que ronda el 13 % en niñas y el 10 % en varones, evidenciando que los trastornos como la ansiedad generalizada y las fobias específicas encuentran un terreno fértil durante los años de formación escolar y la transición a la pubertad.
Psiquiatras y terapeutas enfatizan la urgencia de romper con el estigma y dejar atrás el minimizar estas conductas bajo frases comunes como “son cosas de la edad” o “se le pasará”. Una detección temprana y el acompañamiento profesional mediante terapias conductuales permiten dotar a las familias de herramientas efectivas, frenando un impacto que, de ignorarse, puede extenderse y profundizarse durante la vida adulta.
Notinúcleo / Juan Jesús Toledo